En el mundo de la salud en Casanare, parece que la historia de Capresoca se escribe con las mismas omisiones. Para Juan Carlos Ramírez Cabrera, la EPS no es una entidad de protección, sino un obstáculo burocrático que ya le arrebató la mitad de su visión y que ahora, con una indolencia que raya en lo sistemático, amenaza con dejarlo en la ceguera absoluta.
La condena de la «falta de contratación»
Juan Carlos tiene 27 años y una catarata que no espera a que los convenios administrativos se firmen. Desde agosto del año pasado, su diagnóstico es de carácter urgente. Sin embargo, para la EPS Capresoca y su red prestadora Optisalud, la urgencia médica es secundaria frente a la tramitología.
La respuesta que Juan Carlos recibe en las ventanillas es siempre la misma: «No hay convenio con Capresoca”.
Esta frase, que se ha vuelto el estribillo de una tragedia anunciada, detuvo una cirugía programada para enero y ha dejado pasar meses cruciales. Mientras el papeleo duerme en los escritorios, la visión de su único ojo funcional se desvanece entre la niebla.
Una negligencia reincidente
Lo que hace este caso particularmente grave no es solo la espera actual, sino el historial de abandono que la EPS tiene con Juan Carlos. El sistema ya le falló una vez, y las cicatrices son permanentes.
Tras un accidente que le desprendió la retina del ojo izquierdo, los médicos fueron enfáticos: la intervención inmediata era la única salvación. Capresoca ignoró la urgencia y postergó el procedimiento por meses.
Cuando la EPS finalmente autorizó la cirugía, el tiempo se había agotado. El diagnóstico final fue una sentencia: pérdida total de la visión en ese ojo por falta de atención oportuna.
El silencio institucional
Resulta incomprensible cómo una entidad permite que un joven productivo —instructor de música, socorrista de la Defensa Civil y artista— sea empujado a la discapacidad por ahorros administrativos o fallos de gestión.
La omisión de Capresoca no solo afecta a un paciente; amputa la labor social de un voluntario que dedica su vida a salvar a otros.
Hoy, la cirugía que le devolvería la luz a Juan Carlos cuesta 4 millones de pesos en el sector privado. Una cifra que para un joven instructor es una montaña inalcanzable, pero que para una EPS es un trámite de rutina.
Mientras Capresoca se escuda en el silencio administrativo, Juan Carlos sigue contando los días antes de que la oscuridad sea definitiva, preguntándose si esta vez alguien se hará responsable antes de que sea demasiado tarde.

